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William Adam: Experiencia personal y reflexiones sobre su filosofía

Uno de los más importantes aspectos de las enseñanzas de Adam es entender que él enseña al estudiante, no a la trompeta.
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Uno de los más importantes aspectos de las enseñanzas de Adam es entender que él enseña al estudiante, no a la trompeta. ¿Qué significa eso?, podrías preguntarte. Pues significa que no hay un “Método Adam”, en contra de lo que suele pensarse. Es preocupante que con el paso de los años las enseñanzas de Adam se hayan visto reducidas a su “rutina diaria”, y que lo verdaderamente importante —que es el conjunto de su filosofía— haya perdido peso. Hablaré de la “rutina” en este artículo, pero es importante entender que la “rutina” es sólo una herramienta, sólo una parte de la profunda pedagogía de William Adam.

Comenzaré este artículo aclarando que he estudiado con discípulos de William Adam durante toda mi carrera, desde mis inicios como trompetista. Y, sin embargo, esto no ha sido intencional. Siendo un quinceañero, en Cincinnati, Ohio (Estados Unidos), no sabía nada de Adam, pero estuve expuesto a sus enseñanzas debido a la gente con la que estudiaba. Empecé dando clases con Dave Thomas. Dave, que había sido alumno de Pat Harbison y de Adam, me tenía todo el rato soplando por el tudel, tocando notas largas, estudios de Clarke, de Schlossberg, etc. Nunca me habló del hecho físico de tocar la trompeta, sino que más bien me hacía imitar su sonido. Todo esto me llevó a estudiar con el difunto Mark Wilcox, que en aquel momento daba clases en la Universidad Estatal Wright. Mark estudió con el Dr. Karl Sievers —uno de los primeros alumnos de Adam— y con el mismo Adam. De nuevo, estuvimos soplando por el tudel, tocando notas largas y estudios de Clarke, y además Mark me incorporó algunos estudios de Glantz y de Ernest Williams. Al igual que Dave, él tampoco me hablaba del proceso físico a la hora de tocar la trompeta; nos centrábamos en sacar un sonido bonito, y en tocar de forma sincronizada con el instrumento. Yo notaba similitudes entre un maestro y otro, y además veía que con esta forma de abordar el instrumento obtenía buenos resultados. Cuando llegó la hora de ir a la universidad, tanto Dave como Mark me recomendaron ir a la Universidad Estatal de Morehead a estudiar con Greg Wing. Ésta fue probablemente una de las decisiones más importantes de mi vida.

En 2003 entré en la Estatal de Morehead para cursar la licenciatura. Estaba nervioso; yo no era ningún buen trompetista, pero estaba preparado para trabajar duro. Allí oía maravillosos sonidos de trompetas en todas las salas de estudio; la mayoría de alumnos empezaban a estudiar a las 7 de la mañana. Aquellos sonidos que salían de las salas de estudio provenían de gente que pasaba continuamente del tudel a las notas largas, a Clarke, Schlossberg, Glantz, Ernest Williams… Es decir, las cosas que yo ya había escuchado y tocado anteriormente. Este hecho sembró una idea en mi mente: debía de haber algo en todo ese “asunto de Adam”. Como ya he dicho, yo tenía muy poca idea de lo que eran las enseñanzas de Adam en aquel momento. Pero todo cambió cuando empecé a trabajar con Wing (con quien sigo dando clases a día de hoy). Wing, por supuesto, me hizo practicar una rutina mucho más larga, más desafiante y siempre en evolución. Y, más que eso, me enseñó a ser una buena persona y liberó mi mente para poder expresarme musicalmente. Aprendí a tocar la trompeta como resultado de entenderme a mí mismo y de entender cómo funciona mi mente.

Fue una experiencia increíble. De hecho, mientras escribo esto me vienen pensamientos emocionales sobre los dones de la paciencia y la bondad, y sobre los ideales que Wing me inculcó. Él creyó en mí incluso antes que yo mismo. Tras cinco años con Greg, entré en la Universidad de Indiana para cursar mi máster, algo que nunca habría podido lograr sin su presencia en mi vida. Y hoy imparto clases en la Universidad de Luisiana en Monroe porque siento la necesidad de devolver esos enormes regalos que me dio Greg Wing cuando yo era un joven que aprendía a tocar la trompeta y a comportarse en el mundo profesional.

Eric Siereveld y William Adam.

Empecé a estudiar en serio con Adam en el verano de 2007 —teniendo él 90 años—, y continué hasta el verano de 2011. Yo entré en la Universidad de Indiana para el máster de jazz en otoño de 2008. Durante ese tiempo di clases con Adam de forma habitual, casi cada dos semanas (aunque a veces no nos veíamos en un mes porque, como cabía esperar de un hombre de su edad, existían otras consideraciones vitales que requerían su tiempo y atención). Sin embargo, fue una experiencia increíble sentarme junto a él, escuchar historias de sus alumnos más exitosos, aprender de aquella profunda filosofía de la trompeta y, lo más importante, contar con su guía para ayudarme a convertirme en el trompetista y —más importante aún— en la persona que quería ser. También debo mencionar que durante mi etapa en Indiana tuve la gran fortuna de estudiar con Joey Tartell. Y los que conocen a Joey saben que es uno de los mejores pedagogos de su generación. Aprendí mucho de él (en otro artículo hablaremos de otras influencias en mi pedagogía, aparte de la de la Escuela de Adam).

La “rutina” de William Adam

El mayor desafío al que me enfrento en un artículo como este es describir con palabras las enseñanzas de Adam. Como ya mencionamos al principio, no hay un “Método Adam”. Adam jamás escribió un libro específico, porque él no se vinculó a un método en particular. Sin embargo, tenía una filosofía de la enseñanza muy minuciosa y disciplinada. Para entender completamente de dónde proviene la filosofía de Adam, yo recomendaría leer estos libros:

También aconsejaría leer los poemas Si… de Rudyard Kipling y Prométete a ti mismo de Christian D. Larson. Esta literatura te dará una idea de los principios rectores de la filosofía de vida de Adam y, por ende, de su filosofía de enseñar y de tocar la trompeta.

Para prepararme este artículo quise escuchar mi primera clase con Adam. Él me permitió grabar algunas clases que dimos, e igualmente conservo un cuaderno donde anoté pensamientos importantes, algunos de sus mantras y varios chistes suyos. En mi primera clase comenzamos intercambiando información básica: de dónde venía yo, con quién estudiaba y a qué escuela iba. Cuando le dije que estaba estudiando con Greg Wing —uno de sus alumnos más exitosos— dijo: “Greg… Dios, le tengo mucho respeto a ese tipo; ¡es un hombre maravilloso y un trompetista maravilloso!” Lo siguiente que me preguntó, apuntando a mi trompeta, fue: “¿Qué clase de instrumento es ese?” Con ganas de querer empezar ya la clase, no pensé muy rápido, pero respondí tímidamente: “¿Un instrumento de viento?” Él exclamó: “¡Exacto! El aire es lo que hace que eso funcione.” Entonces prosiguió con una breve disertación sobre la física de la trompeta y algunas demostraciones básicas de cómo el instrumento funciona desde el punto de vista de la física. (Si no tienes mucha idea de la física de nuestro instrumento, te invito a leer el artículo The Physics of Brasses [La física de los instrumentos de metal], de la edición de julio de 1973 de Scientific American.)

Eric Siereveld y William Adam.

Tras aquella introducción a los conceptos básicos de cómo “funciona” la trompeta, empezamos a tratar el asunto de la “rutina diaria”. Había una rutina básica que Adam empleaba con el alumno una vez conocía sus cualidades, la cual incluía notas largas, estudios de Clarke, estudios de flexibilidad y pronunciación (articulación) de Schlossberg, estudios de escalas y ejercicios que el propio Adam desarrolló (por ejemplo, las escalas “ampliadas”). Cuanto más trabajara Adam con ese alumno, más complementaría su rutina, o bien cambiaría la forma en la que dicho alumno debía enfocar un ejercicio en particular. Por ejemplo, durante un tiempo a mí me quitó todos los ejercicios de flexibilidad de Schlossberg y me los sustituyó por estudios de Thiecke. También me hizo tocar escalas ampliadas tres veces a bastante velocidad en vez de una sola vez constante y lenta. Una importante modificación en mi forma de tocar fue que me hizo usar el sonido “ah” (antes yo pronunciaba “oo”), lo cual me permitió darle mayor velocidad y apertura a mi aire. Y también cambiamos mi consonante a la hora de articular, de “T” a “D” (lo cual me llevó varios años de entender el por qué, pero hoy me permite desarrollar una pronunciación más limpia y clara). Hubo muchas otras “modificaciones” que hizo en mi rutina a medida que estudiaba con él, y cada uno de esos cambios iban acompañados de ejercicios, de repertorio solista y de estudios muy concretos para ayudarme a alcanzar esa libertad que pretendíamos en mi forma de tocar.

Hay bastantes versiones de la rutina de Adam por Internet (incluida la versión básica que yo mismo uso con mis alumnos). Sin duda, te recomiendo buscar una copia, así como hacerte con el fantástico libro A Tribute to William Adam — His Teachings and His Routine [Tributo a William Adam: Sus enseñanzas y su rutina] de Charley Davis. Y, más importante aún —no tengo palabras para transmitir lo importante que es esto—, trabajar con algún alumno de Adam que haya estudiado con él durante un buen tiempo. Eso sí que te ayudará a entender los grandes beneficios de tener una rutina diaria completa. La rutina básica de Adam en mi época la formaba este grupo de ejercicios:

  • tudel,
  • notas largas,
  • nº 1 de Clarke,
  • nº 6, 31, 14, 15, 13, 17 y 95 de Schlossberg,
  • ejercicios de pronunciación de Ernest Williams, y
  • escalas ampliadas.

Descargar Rutina de trompeta de William Adam [PDF 484 KB]
Recuerda: El enfoque de esta rutina varía en función del estudiante. Así que, una vez más, si bien es importante tener estos ejercicios y comenzar a practicarlos todos los días, igual de importante es que algún alumno directo de Adam te guíe con ellos.

La verdadera filosofía de William Adam

Y ahora, dejando a un lado la rutina diaria, hablemos de lo que William Adam enseñaba en verdad. Si no te has leído 1975 Clinic Address de Adam, te lo recomiendo, pues proporciona una excelente visión de su pensamiento y filosofía, en sus propias palabras. Las reflexiones que voy a compartir yo son estrictamente eso: reflexiones mías. Son mis opiniones e interpretaciones de la enseñanza de Adam, basadas en mi estudio con él. Otros pueden tener puntos de vista ligeramente distintos, o quizás hayan tenido experiencias diferentes con Adam, que yo seguiré defendiendo la validez de mi propia experiencia y puntos de vista, ya que han contribuido a mi éxito como trompetista.

Adam tenía unas cuantas ideas generales sobre el hecho de tocar y enseñar trompeta. Una de las principales iba sobre cómo nos acercamos al instrumento. Él solía decir que la mente es la responsable del 90% de nuestra forma de tocar la trompeta, y que el 10% restante se compone de un 9% aire (respiración) y un 1% físico, o, como decía a menudo, “todo lo demás”. Esto significa que tocar la trompeta es en gran medida una actividad mental. Si nos paramos a pensar en este concepto, en realidad tiene mucho sentido; después de todo, nuestra idea del yo reside en la mente, por lo que es lógico pensar que el concepto de sonido también reside en la mente. De hecho, es la mente la fuerza impulsora que hay detrás de cada acción en la trompeta. Si partimos de ahí, llegaremos a la conclusión lógica —como hizo Adam— de que cambiar nuestra forma de pensar puede resolver la mayoría de nuestros problemas.

Como he dicho, la mente es la fuerza guía que hay tras la trompeta. Esto podrá sonar demasiado simple, sin embargo es exactamente lo que hacemos cuando practicamos cualquier otra actividad física compleja, como por ejemplo jugar a pasar la pelota. Cuando estás pasándote la pelota con un amigo, tus órdenes mentales son simples: tirar la pelota, atrapar la pelota. No controlas cada mínima respuesta o acción motriz de tu cuerpo. O sea, cuando atrapas la pelota no intentas dirigir todo el complejo movimiento muscular que se produce para ajustar el ángulo de tus brazos o piernas; y, del mismo modo, al lanzar la pelota no piensas en el papel que juegan los músculos para crear la trayectoria necesaria para el lanzamiento, sino que simplemente pones la vista en el objetivo y lanzas. Pues si enfocas tu trabajo con la trompeta de la misma manera, a menudo obtendrás resultados muy positivos (aunque el proceso requerirá un poco más de concentración y de repetición).

A Adam le gustaba decir que “la concentración es producto de una mente tranquila”. Hemos de apagar el ruido que hay en nuestra cabeza y concentrarnos en el sonido que deseamos crear. Este pensamiento es parecido al de la Escuela de Chicago y el “Song and Wind” de Arnold Jacobs. Cuando conceptualizamos de verdad en nuestra mente el sonido, la frase, la pronunciación, etc., la meta de todo nuestro cuerpo pasa a ser producir ese sonido. Sin embargo, ya que de forma consciente sólo podemos mantener un pensamiento al mismo tiempo en nuestra mente, es obvio que como estemos también pendientes de las esquinas de nuestra embocadura, de la curvatura de nuestra lengua o de la velocidad de nuestros dedos —por citar algunos ejemplos— no estaremos al cien por cien centrados en el resultado musical. Así que hemos de mantener exclusivamente el sonido en nuestra mente, y la mente en nuestro sonido. Pero pensar simplemente en un sonido bonito no es suficiente; hay que imaginar el resultado antes de que se produzca. Cuando consigues eso, a menudo te das cuenta de que, sin tú controlarlo, el cuerpo por sí solo busca la sensación física más eficiente para conseguir el resultado deseado.

Un punto importante a destacar, llegados a este punto, es que Adam hablaba a menudo de los “puntos de conciencia”. Es decir, sabemos que los labios, la lengua, los dedos, la respiración, etc. desempeñan un papel importante en la interpretación de la trompeta; sin embargo, no debemos centrarnos en ninguna de esas sensaciones físicas, simplemente hay que ser conscientes de ellas. Por ejemplo: tú eres consciente de que tienes un pie derecho, pero no te paras a estudiar su función a la hora de permitirte estar erguido cuando andas o cuando te paras, a pesar de ser útil en ambos casos. De igual manera, las esquinas de la embocadura son importantes, pero si te paras a pensar en ellas cuando estás tocando una hermosa melodía no estarás centrado en tu objetivo. El objetivo debe ser siempre el sonido; tocar un sonido plenamente realizado y previamente imaginado. Tocamos el sonido, no la sensación de las esquinas de la embocadura.

Gran parte de la filosofía de Adam son cosas que “se aprenden, no se enseñan”. Yo puedo decir, por mi experiencia personal, que no había nada como estar sentado junto a él, y junto a Greg Wing, Mark Wilcox y Dave Thomas. Conocer estos principios básicos de la enseñanza de Adam es un buen comienzo, pero es sólo un primer paso. En la medida de las posibilidades, estudiar con algún alumno exitoso de Adam es de suma importancia. Escuchar “ese sonido”, aprender el vocabulario y tener una guía de primera mano no sólo te hará comprender mejor esta tremenda filosofía, sino que también te ayudará a sentar las bases para tus futuros éxitos.

Como ya he dicho, es difícil condensar la filosofía de Adam en palabras. Las palabras están abiertas a la interpretación, y aunque yo he intentado escoger las mías con cuidado y mantenerlas lo más simples y claras posible, estoy seguro de que aún habrá muchas dudas sobre estos conceptos. No obstante, es mi deseo que el presente artículo despierte tu curiosidad sobre este increíble hombre y titán de la pedagogía de la trompeta, y espero que inspire a la gente para buscar clases con alguno de sus muchos excelentes alumnos.

Y ahora, como diría Adam: “¡A por ello!”.

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